A oscuras con extraños
Sobre los espacios del cine
Habrán notado ya, si leen este newsletter, que me encanta el cine. Me encantan las películas, hablar de sus directores, sus guiones, del vestuario, la dirección de arte y por supuesto ir al cine como salida propiamente dicha. Pero hace un tiempo que los que comparten este mismo sentimiento habrán notado que ha cambiado bastante esta experiencia. Como muchas cosas que se transformaron luego de la pandemia, ir al cine significa hoy en día que muchas veces hay gente hablando bastante alto, usando el celular con el brillo al taco. Incluso hace poco había dos personas vapeando en mi sala mientras veía No other choice.
Por suerte hay veces donde el resto de la audiencia es respetuosa y este momento de contemplación es sagrado. Compatir un espacio a oscuras con extraños es por momentos una situación peculiar: no se conoce a (casi) nadie pero se comparten las ganas de descubrir, de admirar, más aún si la proyección es en un evento especial y está el director o los actores. Así da gusto aplaudir al fin de la película.
El cine como espacio es también un lugar que se ha transformado muchísimo desde su concepción. Inicialmente, en inglés se los denominaba movie palace porque eran, por supuesto, palacios del nuevo arte. En realidad, las primeras proyecciones fueron en diferentes teatros y luego algunos se reacondicionaron para pasar películas o se construyeron edificios ad hoc. En estos teatros-cines la ornamentación es la protagonista: palcos adornados, asientos de terciopelo rojo, lámparas voluptuosas, techos pintados al fresco… belleza y entretenimiento.
En Argentina el cine llegó relativamente rápido. De hecho, hay varias teorías e historias con respecto a cuál fue verdaderamente la primera proyección de cine, dónde fue, quiénes asistieron y cuáles fueron sus reacciones. A pesar de todas las diferentes leyendas, Fernando Martín Peña, especialista en historia del cine, señala que hay pocas certezas en torno a las condiciones de estos hechos históricos.
Si, como yo, comenzaron a ir al cine en el mundo del shopping, sabrán que esta experiencia es muy distinta a la que imaginamos del movie palace. La arquitectura del shopping, este espacio de “no lugar” donde siempre es de día y siempre hay movimiento y siempre hay consumo, genera otro efecto completamente diferente al ir al cine, aunque no por eso menos genuino o divertido. En la otra punta también están las salas “alternativas” que especialmente en Buenos Aires, tienen preciosos interiores modernistas. Como ser la antesala de la sala Lugones o el ultra conocido por mubi-lovers, el cine Lorca.
En este sentido, otro de los elementos que más asociamos con el cine y el mundo del diseño son las alfombras. Yo en particular amo las alfombras del Cinépolis de Recoleta, porque me gustan los colores, cómo contrastan con las luces y el recorrido que generan en las escaleras.
Dicen que la utilización de alfombras apareció justamente con los grandes blockbusters de finales del siglo XX donde también creció el consumo de diferentes comidas pringosas como ser el pochoclo, las gaseosas y una infinidad de caramelos, cuando antes las opciones gastronómicas eran más acotadas. Por lo tanto los pisos debían tener la posibilidad de disimular todas las manchas que podrían aparecer por tanta comida azucarada.
Me gustan tanto las alfombras que también me sumerjo a chusmear páginas de empresas yankees dedicadas a su fabricación. Muchas se usan para salas de pool, o playrooms, todo gigante, exagerado pero al mismo tiempo doméstico. Mis favoritas son las que tienen dibujos temáticos del cine, como la que tiene pochoclitos. Una de mis cosas favoritas del cine por supuesto. De hecho, hace varios años cuando tuve una marca de pijamas, hice una remera dedicada exclusivamente a eso, con una estampa que (me parecía) muy graciosa.
Tengo pocos sueños de rica, y uno de ellos es tener un cine en mi casa. Me me encanta ver las casas de los famosos que tienen esos pequeños cines hogareños. Imagino que ven las películas antes del estreno, subiendo los pies a la butaca y haciendo otras cosas de ricos que ni siquiera puedo imaginar.
Yo nunca voy a poder tener una mansión con una sala dedicada, un cuarto gigante hecho cine. Pero sí sueño con algún día ganar el Quini y tener una casita con un ambiente de sobra para crear mi propio cine: con sillones vintage, una linda alfombra y posters de Tita Merello. Por ahora solo tengo un proyector (que me regaló mi novio para un cumpleaños) y una pochoclera (que me regaló mi familia para otro cumple). Solo me falta el cuarto propio para poder ver todas las películas que amo.













